JAVIER LLOPIS Tienen las administraciones públicas una tendencia irrefrenable a optar siempre por el burro grande, ande o no ande. Huyen, como alma que lleva al diablo, de cualquier proyecto de obra pública que sea barato y útil. Prefieren las infraestructuras faraónicas de rentabilidad dudosa, en las que se mueven millonadas; ya que permiten a los gobernantes protagonizar fastuosos actos inaugurales y pronunciar discursos en los que aparece muchas veces la palabra histórico.
Un buen ejemplo de esta singular política es el denominado plan de autovías transversales de la Generalitat. Inicialmente, es una propuesta positiva, ya que prevé crear una nueva red de carreteras que uniría las grandes vías de comunicación de la costa con las del interior, sacando de su aislamiento a extensas áreas geográficas, que en estos momentos permanecen en tierra de nadie.
Estos planteamientos positivos quedan seriamente tocados cuando el Consell opta por la construcción de autovías; es decir por una obra carísima, con un periodo de ejecución eterno y con un elevado impacto ambiental y paisajístico. Las primeras experiencias en este sentido no pueden ser más negativas: la construcción de la autovía Gandía-Ollería se ha prolongado durante casi una década y la que une Sax y Castalla presenta unos índices de circulación de vehículos absolutamente ridículos.
En estos momentos, se está jugando la batalla de la autovía Villena-Muro. El gobierno autonómico se mantiene empecinado en su propuesta de hacer una carretera de gran tamaño, mientras que la ciudadanía de El Comtat defiende una solución más humilde: la mejora de la carretera comarcal ya existente, manteniendo su trazado y suprimiendo algunos puntos negros. Se trata de una movilización ciudadana en la que se combinan dos elementos aparentemente contradictorios: el ecologismo y el realismo. Además de defender su paisaje, los habitantes de esta zona saben que su aislamiento secular se puede eternizar mientras se aprueba uno de estos megaproyectos.
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